Cuando me preguntan quién es mi artista favorito, siempre respondo que Joaquín Sabina, y casi siempre también, les doy la explicación que es un canta-autor español compositor de “Y nos dieron las diez y las once” y ahí, un tercio de a quienes les cuento, me confirman sí medio conocerlo.
Para mi es en definitiva mi cantante favorito. Lo conocí de joven, casi niño, cuando entre los discos de mi tía Martha encontré uno de un señor con barba a lo Cepillín que portaba un cartel con la frase “Física y química”. Recuerdo que al ver la lista de las canciones se incluía (como bonus) un dueto con Rocío Dúrcal, a quien sí conocía por la radio.
Y me decidí a ponerlo, directamente en esa canción, la del dueto: «Y nos dieron las diez…«, y a partir de ahí… nada. No me hice fan de inmediato, de hecho posiblemente luego de aquella primera escucha del disco lo volví a guardar y no lo puse otra vez.
Muchos años después, ya en prepa, descubrí la mala maña de descargar (ilegalmente, mil disculpas) discos completos, específicamente versiones “en vivo” porque creo que es la mejor forma de conocer un nuevo artista, pues en él, supongo, canta sus mejores canciones.
Así llegué a uno en vivo de Serrat y Sabina, el primero era uno de mis cantantes favoritos y el segundo un viejo conocido del que me sabía una o dos canciones. Y empecé a escuchar el disco, se trataba de “Dos pájaros de un tiro” y me fue atrapando.
Durante semanas fue lo que más escuchaba, lo de cajón, y me fui aprendiendo las canciones que cantaban, unas más que otras. Sería este hecho el que hízome ponerme a buscar quién era el cantante original de cada una de ellas, descubriendo que las que más me gustaban era de Joaquín Sabina.
Y entonces sí, a partir de ese momento me hice fan. Escuché todos sus discos, comencé a aprenderme la letra de sus canciones; me metía a foros para tratar de entender versos incomprendidos para mi y hasta aprendí el significado de dos o tres palabras que en España se usaban (puntualmente “curro” y “talego”).
Entonces, en 2010, anunció nueva gira y la visita a Monterrey. Comencé a trabajar apenas a tiempo para juntar el dinero e ir a ese concierto en la Arena, súper arriba. Me costó $450 pesos. Conocí nuevas canciones en aquella gira, “Vinagre y rosas” si mal no recuerdo.
A partir de ahí mi fanatismo no hizo más que crecer. Los discos, los libros, los documentales en YouTube contando su historia, y en cada nueva gira mi presencia en sus conciertos, nueve en total, 8 en la Arena y el último en el Auditorio Nacional en CDMX, con el que ponía punto final a su carrera en los escenarios.
Incluso cuando conocí Madrid, hace casi tres años, fue para mi visita obligada su casa, bueno, el frontispicio de su edificio, frente a la plaza de Tirso de Molina, justo en una temporada en la que, si mal no recuerdo, Sabina estaba de gira en Latinoamérica.
Y pese a todo esto, si me lo preguntaran, creo que no me gustaría conocerlo en persona, porque él mismo lo ha dicho, que no es una persona muy sociable, y prefiero dejarlo así, con la añoranza de lo que pudo haber sido y no fue, como parte mito, como parte realidad. Como un artista que sin duda ha influenciado mucho la forma de entender el amor, las relaciones personales y el estilo de vida de un bohemio con alma de borracho que juega horas extras en un partido que él mismo creyó acabaría hace mucho.
Para fortuna nuestra esa autoprofecía suya no se cumplió y justo hoy cumple 77 años. Doble siete, ¡qué buena suerte! Felicidades don Joaquín. Ojala cumpla la promesa de nueva música aunque ya no se suba a los escenarios.
